El mundo gira, escupen palabras en un
concierto multitudinario, los árboles se agitan con el paso del
viento, la marea sigue su lucha contra la costa, discuten en algún
lugar, alguien pasa las páginas de un libro, ella llora... Pero
nosotros paralizamos nuestro tiempo, perpetuamos las caricias y las
sellamos con besos.
Suena a cliché romántico, pero muchas
veces solo hace falta algo como esto para que un lector se embarque
en una historia de la que no querrá salir hasta saber el final. Ese
final en el cual nada acaba, el que hace que la historia perdure
hasta el infinito. Dándole carta blanca a nuestras mentes para jugar
con ese incierto destino. Así también comienzan las historias de
una vida, enganchándote con sus dosis de adrenalina, dejándote ver
mínimos esbozos de lo que viene en el horizonte del tiempo.
No necesito nada más que eso para
poder recrearme con el destino en mis sueños. Para esbozar
infraestructuras en las nubes. Imaginarme un tu y un yo en cualquier
momento del día. Jugar a dar forma a todo lo que aun no existe, ese
es mi sentido de un te quiero.
Araxiel Dóyel.
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